11 agosto, 2010

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  1. El autorretrato. La dimensión narcisista de la transferencia


    Elsa Rappoport de Aisemberg (coord.).Ana Bustamante, Hilda D'Aniello de Calderón, Isabel Eckell de Muscio y Patricia O'Donnell


    La exploración psicoanalítica del arte, camino iniciado por Freud, ha tenido continuadores tanto en nuestra asociación como en distinguidos colegas de otras latitudes. Por nuestra parte, hace tiempo que venimos realizando investigaciones en este campo (1). Para ello, primero interrogamos al arte, a los autores y a su obra, construyendo metáforas o figuraciones que enriquecen nuestro bagaje teórico de psicoanalistas. Concebimos la obra como representaciones, producto de la capacidad del creador de transformar su caos interno, su dolor psíquico, sus traumas, cabalgando en la urgencia de la pulsión, en manifestaciones artísticas.Así, el escritor Mario Vargas Llosa (2) nos recuerda: "La invención pura no existe. La invención es siempre un fantaseo a partir de imágenes de la memoria... la irracionalidad humana, pues, es una fuente maravillosa de creatividad". Como ya lo señalara una de nosotras (3), el creador, gracias a su talento, logra en soledad lo que nosotros construimos en una sesión entre paciente y analista. Esta capacidad de autoengendrar la obra, como si fuera un hijo (4), de hacer a solas lo que logramos a veces entre dos en la sesión analítica, es uno de los secretos del enigma de la creación que tanto nos atrae a los psicoanalistas. Consideramos que nuestra posición es la de espectadores creativos, explorando la obra de arte y articulándola con conceptualizaciones psicoanalíticas que dan cuenta del funcionamiento mental, tanto de la psicopatología como de la creación, en esa zona psíquica de la potencialidad traumática, como la denominan César y Sara Botella (5). En este contexto, arte y psicoanálisis son correlatos uno del otro. Las metáforas de uno dan cuenta del otro y viceversa. Como enunciamos en un trabajo anterior (6), una de las características que singulariza a los creadores es la capacidad de convivir con la herida, con el dolor, con el trauma y tener el don de transformarlo en creación. Esto remite a una posibilidad de disociación y de regresión útil que facilita tomar contacto con aspectos inconcientes escindidos, con experiencias primitivas corporales o preverbales. Jean Guillaumin (7) ha descripto la importancia de las vivencias corporales como un factor que nutre a la invención. Se trata de las huellas sensoriales de dichas vivencias que pueden transformarse en figuraciones mediante el talento creador (3). Frida Khalo es un paradigma de ello, ya que el dolor por su cuerpo de mujer sufriente es el motivo básico de su pictografía.

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  2. El autorretrato: Frida y Bacon

    Cuando escribimos "Hacia el enigma de la creación" (1) trabajo presentado en el "Coloquio sobre arte y locura", realizado en el Museo de Bellas Artes, estudiamos la vida y obra de Frida Khalo a través de la rica literatura que ha dado lugar la fascinante historia de dicha pintora. Hicimos reflexiones acerca de su famosa obra Las dos Fridas. Se trata de dos imágenes de sí misma, unidas por un mismo sistema circulatorio. Una es la Frida mejicana, como la madre o la niñera India que la cría, y la otra es la Frida centroeuropea, como el padre. Ambas dejan ver sus corazones, pero el de la europea está desgarrado al igual que su vestido a la altura de dicho órgano. Las dos figuras están unidas por una arteria o vena que va desde un retrato de Diego Rivera cuando era niño, que la Frida mejicana sostiene en una mano, pasa por su corazón y desde allí se dirige al cuerpo de la Frida centroeuropea. Ésta, a su vez, corta la pérdida de sangre que fluye por la arteria o vena utilizando una pinza de cirugía; no obstante, hay manchas de sangre en su vestido victoriano.

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  3. Frida convive con sus heridas físicas y psíquicas, con su cuerpo sufriente de mujer y con los desgarros del corazón. Cuando pintó esta obra, está separándose de Diego Rivera . Entendemos que la Frida europea herida en su cuerpo es la Frida rechazada por Diego, que se sostiene en la Frida tehuana saludable y sensual que es la amada por el artista. Pensamos que además está enferma y frágil como el padre europeo, y como él se apoya en la madre fuerte mejicana. Y remitiéndonos a los orígenes pareciera que la madre fue frágil cuando ella era niñita, y la fuerte India mejicana, la nana, fue quien la sostuvo.
    En su maravilloso e impactante Diario, la pintora remite el origen infantil de Las dos Fridas a su fantasía de niña enferma inmovilizada en la cama por la poliomielitis, imaginando una amigo que podía salir y bailar como ella lo hubiera deseado. Con ese objetivo, dibujaba con el dedo una puerta en el vidrio de su ventana por donde salía y regresaba su amigo alegre y aventurero. Esta imagen doble de Frida está también en sus espejos y en sus autorretratos, que los pintó mirándose en ellos, luchando contra la enfermedad, el dolor y la muerte.
    Esta formulación nos llevó a pensar si el concepto del autorretrato, como una lucha contra el desamparo y la desorganización psíquica, no tendría un carácter más general. En el curso de nuestra investigación nos enteramos de que en Europa, en el período de entreguerras, varios pintores habían hecho su autorretrato frente a situaciones límites: peligro de muerte, exilios forzados. Incluso aquellos que solían hacer pintura abstracta, como Max Beckmann, Charley Toorop, De Chirico y Malevich, entre otros

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  4. Luego centramos nuestro interés en Francis Bacon, también mencionado por Winnicott, quien produjo numerosos retratos y autorretratos dentro de su impactante obra. Obra que produce sentimientos controvertidos debido a la ferocidad de sus imágenes, que representan, a nuestro entender, el temor y la agresividad de nuestro siglo.
    Bacon, de familia inglesa, nació en 1909 en Dublin, Irlanda. Según sus biógrafos, su padre, quien había iniciado la carrera militar en infantería,se dedicaba a la cría de caballos. Era un hombre muy rígido y solía tener frecuentes ataques de furia que se intensificaban frente a la actitud sensible de Francis. Su madre, en cambio, es descripta como una mujer cálida y sociable, pero no muy maternal. La tragedia signó la vida de la familia Bacon: el hermano menor-favorito del padre muere siendo niño; el otro fallece joven, víctima de tétanos; una de sus dos hermanas padece esclerosis múltiple. Era una familia nómade, nunca permanecían macho tiempo en ningún lugar, lo que preparó a Francis para una vida errante.

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  5. En las entrevistas (9), Bacon relata sus padecimientos: fue asmático durante toda su vida, tenía alergia a los caballos y a los perros, de niño había sido cruel y sistemáticamente azotado por los criados irlandeses en presencia de ese padre tan temido y amado. Ese sadismo paterno lo perseguiría a lo largo de su vida. Francis tomó conciencia de su homosexualidad durante la adolescencia. Sus biógrafos piensan que la fuerte atracción inconsciente de Bacon par su padre le llevó a buscarlo en los toscos mozos de cuadra y aprendices de establo en cuyos brazos podía recrear su amor por él. A los 16 años fue descubierto por su padre con la ropa interior de la madre. Este hecho, sumado a sus declaraciones de querer ser artista, provocó la ira paterna y fue expulsado del hogar. Sólo después del fallecimiento de aquél, Francis pudo comenzar a reflejar su sufrimiento en sus obras. Las imágenes desgarradoras de la guerra en Irlanda dejaron marcas imborrables en este espíritu hipersensible. La violencia del mundo externo y de su propio ámbito familiar marcaron su psiquismo y su obra.

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